Magnético.Centro Cultural Recoleta, 2013
Vista de la exposición Magnético
Composición con franjas
Detalle de obra
Vista de la exposición Magnético
Composición con franjas
Detalle de obra
Detalle de obra
Detalle de obra
Detalle de obra
Magnético Carola Zech se inscribe de forma contundente en la tradición de la abstracción geométrica. Justificadamente, le gusta ubicarse en la continuación de aquellos y aquellas que radicalizaron las hipótesis fundacionales de aquel movimiento, en particular en lo concerniente a las herramientas de la pintura. Porque si se reconoce como parte de una tradición pictórica, es claro que su trabajo implica una reconsideración de los parámetros académicos que la inscriben en la tradición de la pintura de caballete; a saber: el lienzo y el empleo de planos de color que remiten a la técnica clásica de la pintura. En la línea de todos aquellos que, del constructivismo al suprematismo y el minimalismo, abandonaron los materiales tradicionales de la pintura, ella se decide por un uso casi sistemático de materiales industriales y de pigmentos asociados a los mismos. Esto no significa que en su trabajo se produzca una ruptura con lo pictórico como campo de investigación, sino la adopción de una libertad de invertir tanto en un territorio situado en la prolongación del cuadro/bastidor, como en otro que se abre hacia el frente, hacia la arquitectura. Y ello sin dogmatismo ni positivismo alguno. Esta cuestión le permite definir la obra en función de su contexto de exposición, así como producir objetos autónomos, o concebir propuestas que retoman formas inducidas o deducidas del sitio expositivo. Su propuesta supone, en tal sentido, una síntesis entre estos tres polos. La obra presenta una economía interna singular que se articula sobre dos planos: el primero, a nivel formal, establece una dialéctica entre el punto, la línea y el plano de la que se deducen ciertas proposiciones estructurales que se declinan en torno al círculo, la horizontal y la vertical. Con ello, la artista retoma en parte la tradición de la ortogonalidad instituida históricamente por la experiencia del neoplasticismo y la abstracción geométrica. Su abordaje del punto y del círculo como un plano le permite integrar el dinamismo espacial de la diagonal que encontramos asociado a la línea en la obra de los suprematistas. Pero una de las características más sobresalientes de su obra es el carácter industrial de sus materiales, que elimina el pathos del gesto, la expresividad del trazo en favor del impacto visual del color y la forma constructiva. Al igual que otros (como El Lissitsky y, en la actualidad Andrés Sobrino o Imi Knoebel), Zech forma parte del grupo de artistas que van “más allá del cuadro”, atreviéndose a pensar la cuestión del color y la forma a partir de la nueva paleta que ofrecen los materiales industriales. Es justamente en el color donde su obra encuentra algo del orden de lo sensible, pero también una gramática rigurosa que determina las modalidades de producción de la obra o de la instalación. De esta forma, constituye una gama de colores fríos y cálidos a la que se suman los espacios (entre dos placas o entre dos grupos de placas coloreadas). Respecto del carácter cromático de la obra, estos espacios operan del mismo modo que los silencios en la escritura musical. Elige colores primarios o secundarios en función de relaciones de complementariedad u oposición pero sin que esto implique la anulación de ninguna de esas dos relaciones. En su obra, encontramos un trabajo de notas dibujadas que no deja de evocar los dibujos programáticos de Joseph Albers. El carácter industrial del material y su capacidad de constituir unidades le permite organizar ensambles que funcionan al mismo tiempo como cuadros, instalaciones y elementos arquitectónicos. Esto le abre un campo de intervención muy extenso que va de la forma a la estructura, del plano al relieve y de allí al volumen, como así también de lo planimetrico a lo espacial. Su uso de formas modulares coloreadas homogéneas, que podrían ser producidas en serie, la acerca a artistas como Donald Judd. Su deseo de ubicar la obra, por medio de un juego sutil con la materialidad o el brillo del color, en un espacio de ambigüedad entre forma y objeto no deja de evocar la producción del post minimalista estadounidense John Mc Cracken. También retoma, a su manera, el dinamismo espacial de la forma de Malevitch, Tatlin, Naum Gabo o más recientemente de Hélio Oïticica. Pero ella practica su arte con un tono singular. Combinando con sutileza estos parámetros y el vocabulario plástico que ha conseguido elaborar, Carola Zech practica un arte del color y la forma como una Fuga cromática y formal que se despliega del suelo a la pared y del plano al espacio. Su arte de variación y transformación no deja de evocar la estructura de obras musicales como las de Johann Sebastián Bach o Terry Riley. Su rigor y su economía de medios nos permiten advertir la complejidad y la riqueza de la experiencia visual y sensible. Consiste en programar con la mayor exactitud posible aquello que ha de proporcionarle los medios para abrir el juego imprevisible de la línea y el punto. Ella posee la cualidad de conjugar la anticipación con lo aleatorio, para brindar al punto toda su intensidad, a la línea toda su energía, al trazo toda su fuerza. Cuando toma posesión de un espacio como el de la Galería Vasari, esta rigurosa economía de medios tiene la cualidad singular de hacer que el juego de los colores, en su articulación con las formas, y el dinamismo espacial que ellos van a producir en el espacio y en los muros de la galería, transformen su naturaleza. Es que los volúmenes y relieves de Zech no sólo se “apoyan” en el suelo o se “cuelgan” de las paredes sino que se los apropian para hacer de ellos algo que deviene una parte integral de la obra: su área de predilección, su territorio. Philippe Cyroulnik