Ingrávida
¿Cómo se exhibe el proceso creativo de una artista? ¿Con textos? ¿O como una estela que avanza, retrocede y puede, de pronto, estallar inesperadamente? En el caso de esta exposición interesa pensar las salas que reúnen los trabajos de Carola Zech como un diagrama arbóreo de rastros que permitan acceder a la complejidad de su obra.
Así, la sala 6 ofrece aspectos de la investigación previa a la realización de sus obras. En este caso, literalmente, un catálogo de materiales y colores susceptibles de ser usados desde las posibilidades que ofrecen Zech realiza y muestra un relevamiento de productos contemporáneos industriales y su potencial en el campo artístico. Cada pieza de ese catálogo es, al mismo tiempo, una obra en sí donde la artista ejercita su obra.
La sala 7 se despliega en la serie Cuerpo, en la que subyace la voluntad de poner en cuestión la arbitrariedad de las formas geométricas de las reglas de arquitectos y humanizarlas otorgándoles proporciones humanas. Y en otra serie de obras en la que la artista trabaja sobre el uso de los colores y las posibilidades de convivencia (o no) entre ellos.
Finalmente la sala 5, acoge la instalación Ingrávida, que da título a esta exposición. Allí, sus volúmenes orbitan en un organismo espacial envolvente en levitación ingrávida. Si Carola Zech construye por peso, color y formas, en el espacio, en esta sala, definitivamente, modela el espacio o, más aun, el espacio es su soporte material (¿quizás no ya el continente de sus obras?)
Maria Teresa Constantin
La obra de Carola Zech es un despliegue complejo de formas volumétricas y planas, colores, reflejos y movimiento; los matices que rondan ese universo material son infinitos, pueden combinarse de manera permanente y establecer diferentes efectos. En ese devenir la escultura se convierte en pintura y la pintura en escultura y en la transición, entre ambos géneros artísticos, nacen nuevos modos de pensar y atravesar el espacio. Ingrávida comparte con otras obras de la artista la cualidad de site specific, es decir, que fue diseñada para un lugar en particular, para un sitio que tiene determinadas características y no otras. La disposición a ese modo de entender el espacio, como singularidad, implica la ruptura con una perspectiva moderna de la espacialidad, la que supone que el espacio es una categoría a priori establecida y fija, más allá, de cualquier experiencia humana. En la obra de Zech nos encontramos, por el contrario, con objetos y atmósfera, espectadores y reflejos, planos y cromatismos que se despliegan conectándose y definiéndose mutuamente. Las geometrías de esos cuerpos ingrávidos modifican las percepciones y disponen lúdicas maneras de habitar. En este sentido, advertimos la liviana y permeable frontera entre las cosas y los cuerpos, entre afuera y adentro; esas obras-paisajes se ligan a nosotros, nos transforman. Podemos pensar en el llamativo “antropomorfismo” de las obras minimalistas de Sol LeWitt y lo que escribió George Didi-Huberman sobre ellas: “sigue siendo fascinante comprobar hasta qué punto la dimensión del cuerpo humano pudo resultar implicada […] en la producción de los artistas estadounidenses de esta tendencia, explícitamente geométricas”. Como en la obra de Zech formas y cuerpos conviven, se interpelan o juegan, entrelazados en una dimensión vital, como parte de un mundo posible donde la objetividad clásica y sus figuras prestablecidas son dislocadas por un proyecto intersubjetivo, abierto y lúdico.
Ingrávida, nos concede la posibilidad de trasladarnos desde lo geométrico (los volúmenes escultóricos) a lo orgánico (el cuerpo perceptivo) alterando los límites entre interior y exterior, convirtiendo nuestro entorno en energía maleable. Una dimensión posible de la naturaleza, quizás inesperada, donde el arte colabora con la ciencia para modificar nuestras formas de habitar el mundo: un flujo de descubrimientos y creaciones sensoriales, únicas e inolvidables.
Mariana Robles